Los Costos de no Aprobar la "Vía
Rápida"
El Presidente Clinton no pudo presentar en
la Cámara de Representantes de los Estados Unidos la iniciativa de
"vía rápida" (Fast Track) que le permitía
iniciar negociaciones para realizar acuerdos comerciales con otros países
del mundo, especialmente con Chile. Le resultó imposible vencer la
persistente oposición al libre comercio que líderes del Partido
Demócrata y de la agrupación de trabajadores AFL-CIO han realizado
durante los últimos meses. Consideramos extraordina-riamente grave
esta situación. Son variados los problemas que la incapacidad del
sistema político norteamericano produce al impedir que ese país
continúe promoviendo el comercio en el mundo.
Pérdida de Credibilidad y Liderazgo
de EE.UU.
El Presidente Bush, cuando visitó Santiago
en Diciembre de 1990, prometió a los chilenos que serían los
primeros en acceder a un acuerdo de libre comercio con EEUU. Cuatro años
después, el Presidente Clinton en la Cumbre de las Américas
reafirma la promesa, comprometiéndose al Acuerdo de Libre Comercio
de las Américas, ALCA, para el 2.005. Hasta el momento sólo
son promesas.
EEUU debe definir y aplicar una política
estable y de largo plazo con Latinoamérica que sea beneficiosa para
ambas partes. No es de extrañarse entonces que surjan voces de escepticismo
en Latinoamérica, que crean que la mejor manera de lidiar con el
gigante del norte es unirse y enfrentarlo, utilizando la herramienta del
proteccionismo.
Desde comienzos del siglo XIX, con los desarrollos
del economista inglés David Ricardo sobre la teoria de las ventajas
comparativas, existe conciencia de que el libre comercio y la apertura de
la economía hacia el exterior es el mejor medio para mejorar el bienestar
de la humanidad. Después de la segunda guerra mundial, estos principios
vuelven a tener acogida y los países triunfantes acuerdan que una
de las maneras para no repetir las atrocidades vividas en la guerra es conseguir
que el mundo crezca a tasas importantes y, por consiguiente, el bienestar
de los países aumente sustancialmente. Con estos principios detrás
se forma el GATT. La recientemente creada OMC sigue estos principios y EEUU
ha sido fundamental en la acción del líder mundial de estas
organizaciones.
Desgraciadamente, la reciente postergación
de la vía rápida viene a representar una nueva pérdida
de oportunidad para que Estados Unidos mantenga ese liderazgo y una nueva
frustración para quienes, en el continente y en Chile, promovemos
la libertad de comercio.
Latinoamérica: Queda mucho por Avanzar
Salvo excepciones como Chile, la economía
de mercado y la democracia en Latinoamérica no están totalmente
consolidadas. Ha habido avances, pero para que se decante el proceso es
necesario que sus economías tengan un crecimiento económico
alto y permanente de manera de poder satisfacer las demandas sociales insatisfechas.
La experiencia actual nos muestra que el instrumento principal para alcanzar
el crecimiento es la liberalización comercial.
La gran deficiencia en el desempeño
económico de América del Sur durante buena parte del siglo
XX ha sido su lento crecimiento. Siguiendo un modelo de desarrollo de orientación
estatista y proteccionista, la región no supo aprovechar el auge
de la postguerra, como sí lo supieron hacer los países en
vías de desarrollo del Asia oriental. El resultado es que, durante
los últimos 30 años, mientras el ingreso per cápita
asiático oriental se ha incrementado en 320%, el latinoamericano
ha crecido solamente un 70%.
La insuficiencia del crecimiento explica la
frustración que se respira hoy en nuestro continente. De algún
modo, los malos resultados de los '80 impulsaron el cambio de dirección
de la estrategia económica. Pero mientras los sacrificios asociados
a las reformas están muy presente, sus frutos son todavía
magros. Sin la perspectiva de un crecimiento fuerte y sostenido, el empleo
y los salarios no pueden repuntar y la carga financiera de las deudas resulta
intolerable. Sin crecimiento fuerte y sostenido, los ingresos fiscales no
aumentan suficientemente y la disciplina fiscal pasa a exigir frecuentes
y contraproducentes alzas de impuestos. Sin crecimiento fuerte y sostenido,
la campaña contra la pobreza no puede progresar, las diferencias
de ingreso se tornan más odiosas, la convivencia social se deteriora
y la competencia política se torna desestabilizadora. Es urgente
que Latinoamérica entre al próximo siglo con un proceso sostenido
de crecimiento y para ello resulta fundamental promover con fuerza el libre
comercio a través de negociaciones comerciales que reduzcan los aranceles
y eliminen las barreras no arancelarias. La ausencia de "vía
rápida" para el Ejecutivo norteamericano es una gigantesca limitación
para ese propósito.
Los Modelos a seguir
En el último tiempo, impulsado por
la nueva estrategia de desarrollo basada en la economía de mercado
y la libertad de comercio, Chile ha destacado por su crecimiento económico.
La comprobación del éxito obtenido por nuestro país
y el reconocimiento del fracaso en Latinoamérica del modelo de sustitución
de importaciones estatista a raíz de la crisis de los '80, han permitido
el avance de reformas estructurales como las privatizaciones, la disciplina
fiscal, la apertura comercial, etc. No aprobar el fast-track para negociar
con Chile y gradualmente ir realizando acuerdos con el resto de los países
del continente, coloca en peligro el modelo de economía de mercado
y libertad de comercio representado por Chile.
Ello va a dejar el campo abierto para que
países más proteccionistas lideren a Latinoamérica
en otra dirección.
El MERCOSUR presenta un riesgo en esta materia
como lo demuestra la reciente propuesta de alzar en tres puntos porcentuales
el arancel externo de esa unión aduanera. Existen en ese acuerdo
incentivos a favorecer más la libertad de comercio intraregional
que la apertura de comercio mundial. Esto significa favorecer el proteccionismo
a nivel de bloques y no avanzar en la libertad de comercio en todo el continente.
Modernización en
el Sector Sanitario
Recientemente, el Gobierno llegó a
un acuerdo definitivo con la Oposición sobre la reforma a la legislación
del sector sanitario, concordando una solución para todos los temas
en que subsistían diferencias. Como resultado del acuerdo, esta reforma
prontamente se convertirá en ley.
Las Diferencias que Impedían Legislar
Las materias en que se mantenían discrepancias
eran fundamentalmente las siguientes:
a) Limitaciones a la participación
de ciertos inversionistas en el mercado de los servicios sanitarios y, particularmente,
de empresas que prestan otros servicios públicos (eléctricas,
telefónicas, etc.).
En el primer aspecto, el Gobierno pretendía
establecer estrictos límites a la participación de toda persona
-y sus relacionadas- en la propiedad y control de las empresas sanitarias,
con el fin de precaver la formación de monopolios. Estas limitaciones
no tienen justificación económica, porque significan trabas
de ingreso al mercado, provocando efectos contrarios a los perseguidos.
La forma de cautelar la libre competencia e impedir la formación
de monopolios es tener tribunales de protección de la competencia
fuertes e independientes, que resuelvan de acuerdo a los antecedentes de
los casos concretos. Ahora, si la presencia de monopolios es inevitable
por razones técnicas, lo que procede es evitar sus efectos negativos
mediante una política tarifaria eficiente. Lo que definitivamente
no es eficiente es establecer limitaciones a priori en la participación
de mercado.
Finalmente, se llegó a un acuerdo consistente
en establecer dichas limitaciones, pero en términos más bien
amplios y flexibles, por la vía de dividir las empresas en tres categorías
por su tamaño y limitar la participación en forma diferente
para cada una de ellas. Además se establece un máximo total
que impide que un solo inversionista, directa o indirectamente, controle
más del 50% de los usuarios del país. Este último constituye
el verdadero límite de participación, que en definitiva puede
estimarse como razonable.
La prohibición que otros servicios
públicos participen en la propiedad o control de empresas sanitarias,
fue sin duda la cuestión más debatida. El Gobierno pretendía,
nuevamente, impedir el abuso monopólico, suponiendo que se produciría
inevitablemente al concentrarse en una sola mano el control de dos monopolios
naturales.
Dicha prohibición de "superposición"
-como se le ha conocido- carece de fundamento económico y jurídico.
Económico, porque con el pretexto de impedir la formación
de monopolios se termina restringiendo la libre entrada a un mercado, particularmente
a sectores económicos que tienen naturales ventajas comparativas
por economía de escala y de ámbito, como ocurre con las empresas
eléctricas y de telefonía local. Jurídico, porque no
es aceptable que se dicte una ley limitando los derechos de las personas,
como es la libertad, consagrada en la Constitución, de emprender
toda clase de actividades económicas, sobre la suposición
que van a incurrir en conductar ilícitas. Este tipo de conductas
sólo puede ser sancionado una vez cometido.
En definitiva, la cuestión se zanjó
mediante una prohibición limitada a las concesiones de distribución
de agua potable y recolección de aguas servidas, quedando excluidas
de la prohibición la producción de aquélla y el tratamiento
de éstas, en las que no existe posibilidad de superponer monopolios
naturales. Así, sólo quedaron afectas a la prohibición
las empresas de distribución eléctrica y de telefonía
local que sean monopolios naturales regulados y que tengan más del
50% de los usuarios en el área de concesión de la empresa
sanitaria. Además, se contempla que la Comisión Resolutiva
de la legislación antimonopolios pueda excluir de la prohibición
a quienes determine que han dejado de ser tales monopolios y que la Superintendencia
haga lo propio con zonas que abarquen menos de 25.000 arranques, si de la
explotación conjunta de ambos servicios se siguen economías
que signifiquen menores tarifas.
b) Participación mínima del
Estado de 35% en la propiedad de las empresas que actualmente son filiales
CORFO.
Esta verdadera "reserva estatal"
se originaría en la necesidad que el Estado pueda mantener un control
del sector. Este argumento confunde la buena gestión de las empresas,
que reconocidamente es mejor cuando son privadas, con la necesidad de tener
un mecanismo de fiscalización de los sectores que son un monopolio
natural, que en este caso se concreta en la Superintendencia de Servicios
Sanitarios.
En definitiva, se estableció que el
Estado mantendría obligadamente el 35% de la propiedad de las empresas
sanitarias que actualmente posee, sin que ello signifique limitar las posibilidades
de desarrollo de las mismas. Esto, porque se prevé que si se aprobare
un aumento de capital al que el Estado no pueda concurrir, deberá
consiguientemente disminuir su participación.
c) Establecimiento de una patente a la explotación
de una concesión de servicios sanitarios.
El objetivo de la patente era producir los
recursos necesarios para financiar la labor de la Superintendencia de Servicios
Sanitarios.
Nadie discute la necesidad de tener una buena
autoridad fiscalizadora en esta materia, lo cual supone asignarle los recursos
adecuados. Desde un punto de vista técnico, además, pudiera
estimarse justificado que los usuarios -que en definitiva serían
los que soportarían el costo de la patente vía mayor tarifa-
sean los que financien la fiscalización que les favorece directamente.
Lo que sin embargo es inaceptable, es que dentro del actual nivel de carga
tributaria y de gasto público, sigan agregándose sistemáticamente
impuestos, máximo cuando los que se fijen servirán de inmediato
de precedente para agregar otros similares.
La pertinencia de establecer una patente de
esta naturaleza debe ser necesariamente, entonces, discutida dentro del
contexto más amplio de una reforma tributaria, que implique definir
la carga tributaria óptima para los contribuyentes.
d) Establecimiento de un factor de reducción
de tarifas por aumentos predeterminados de eficiencia durante el período
de fijación de las mismas.
La fijación de las tarifas supone,
de acuerdo a los parámetros de una empresa modelo, un nivel de eficiencia
dado en un determinado momento. Se pretendía establecer el referido
factor para que las tarifas experimentaran rebajas durante el período
por el cual se fijan, que son 5 años, por las supuestas mejoras de
eficiencia que debiera experimentar la administración de la empresa
prestadora.
Esta era una materia objetable por los desincentivos
que implica a la inversión. En efecto, la ley sobre fijación
de tarifas asegura un nivel moderado de rentabilidad a las empresas sanitarias,
como corresponde a un negocio de bajo nivel de riesgo. Sin embargo, contiene
una oferta implícita al inversionista para que haga mejoras de eficiencia
y reducciones de costos, y por ende, mayores ganancias, de las cuales se
beneficia hasta la próxima fijación tarifaria en que las mejoras
son traspasadas al consumidor. Colocar un factor de reducción de
las tarifas por mejoras de eficiencia -que pueden no ser reales- constituye
un claro desincentivo a la inversión, con lo cual se termina perjudicando
a los propios usuarios.
Tanto la patente como el factor de eficiencia,
fueron suprimidos del texto final del proyecto de ley.
e) Otorgamiento de facultades discrecionales
a la Superintendencia.
Es lógico y necesario otorgar adecuadas
atribuciones normativas y de fiscalización a la Superintendencia,
pero ellas no pueden ser discrecionales. Los acuerdos en este caso apuntaron
a someter a la Superintendencia a normas precisas y claras, pudiendo en
la mayoría de los casos reclamarse de sus decisiones ante los tribunales
de justicia.
Razones para un Acuerdo.
En definitiva se llegó a un acuerdo
con el Gobierno que no contempla las soluciones técnicamente óptimas
en algunos puntos, pero que pueden considerarse como razonables, por la
importancia que tenía la aprobación de este proyecto de ley.
Esta no era otra que el Gobierno había sostenido que mientras no
se aprobare una reforma legal al sector sanitario, no sería posible
entrar a privatizar la empresas sanitarias de propiedad estatal, cuya cobertura
se puede estimar en el 95 % de los usuarios del país.
La privatización de las empresas del
sector sanitario es una necesidad imperiosa, debido a que la cobertura de
agua potable y alcantarillado en el país no es total, si bien es
mucho mejor que en cualquier país de Latinoamérica. Además,
el Estado no posee los recursos para hacer las inversiones imprescindibles
para obtener esa meta, como asimismo, para asegurar la provisión
de agua potable y la recolección de aguas servidas que el crecimiento
sostenido del país demandará en los años venideros.
Además, la falta de tratamiento de las aguas servidas es un grave
problema latente de salud, que afecta tanto a Santiago como a las principales
ciudades de regiones, que exige la más pronta solución y cuyo
nivel de inversiones no puede lograrse sin participación privada,
nacional o extranjera.
En definitiva, se ha concordado en términos
razonables en una nueva normativa para el sector sanitario, cuya dictación
era una condición puesta por el propio Gobierno para avanzar en la
ineludible privatización de este sector.
Además de los beneficios que hemos
reseñado, la tramitación de este proyecto ha demostrado la
importancia de hacer una oposición seria y constructiva, que no se
limite a criticar un proyecto, sino que sea capaz de generar y ofrecer una
alternativa coherente, que llegue al detalle en su implementación
y en definitiva sea superior a la propuesta original del Gobierno. Destacable
es, en ese sentido, la actuación del Senado, y en particular de algunos
Senadores que participaron activamente en la tramitación del proyecto
de sanitarias, incluyendo entre ellos al Presidente de la Cámara
Alta..
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